El origen de los bailes religiosos en Chile
A aquellos que ya hemos cumplido más de diez lustros de vida, tiempo suficiente para -de cuando en vez- detenerse en el camino y observar ciertas tradiciones con espíritu crítico, especialmente aquellas que nos parecen coloridas y en algunos casos, muy autóctonas, nos ocurre que ese simple acto de mirar nos lleva a la reflexión y nos despierta la curiosidad respecto a lo que observamos. Así nos ha ocurrido ahora, que se nos despertó la inquietud por conocer y procurar comprender el origen de los bailes religiosos en este norte y el fervor religioso que los acompaña, en aquellas ocasiones en que las comunidades, especialmente las rurales, se congregan masivamente en iglesias, capillas y santuarios (inclusive por varios días) llenando el lugar de colores, guirnaldas, velas, gente (peregrinos), música y muchos danzantes. Las hileras (o filas) de estos danzantes antaño eran interminables, los trajes siempre muy coloridos y el estado físico envidiable, suponemos, como para estar tantas horas bailando y saltando inclusive a pleno sol. Así como eran muchos los que bailaban, la comitiva de peregrinos, los que acompañaban estas manifestaciones en camino a, o directamente en las explanadas adaptadas para dichos eventos (religiosos) también eran numerosas y muchos de los asistentes estaban ahí por motivos diversos, ya sea por fervor, por una manda a cumplir o por admirar todo aquello. Ahora, siempre pensamos que todo aquello tenía visos de godo (un origen español) pero resulta que no es tan así. Su origen nace del sincretismo religioso, la fusión entre las tradiciones precolombinas de los pueblos ancestrales y la evangelización católica producida durante la conquista y colonia española.
Debemos tener presente que, antes de la llegada de los españoles, los pueblos andinos e indígenas ya realizaban danzas, cantos y rituales dirigidos a la tierra (Pachamama) y a las divinidades locales, para pedir fertilidad, buen clima o agradecer cosechas.
Al no lograr prohibir o reorientar por completo los cultos nativos, la Iglesia Católica permitió que algunas comunidades mantuvieran sus expresiones musicales y coreográficas, pero enfocadas en la veneración de la Virgen María y los santos.
Los Bailes Chinos
(Escrito del señor Bichólogo Don Rodrigo Castillo del Castillo y Castillo Tapia).
¿Cómo se originaron los “bailes chinos” (hoy bailes religiosos) en Chile? Nos habíamos hecho esa pregunta más de una vez. Hasta el nombre de “chinos” nos despertaba curiosidad.
Y bueno, quisimos averiguarlo.
Según lo que la arqueología ha podido descubrir, el origen de los bailes chinos es prehispánico. Se ha podido saber esto porque las flautas características de estos bailes, que emiten un sonido “rajado” (un timbre saturado, áspero y estridente, no armónico), suenan igual que las “antaras” de la cultura diaguita. Aunque están construidos de materiales muy diferentes –piedra combarbalita las antaras y madera las catarras de los “chinos”- y de muy distinta manera, ambos instrumentos producen el mismo sonido. Esto ha sido estudiado y demostrado.
Estas flautas prehispánicas han sido descubiertas en sitios arqueológicos de las culturas Diaguita (valle del Elqui) y Aconcagua (cuenca de Santiago), las que datan entre los años 900 y 1400 DC.
Lo más interesante de esto es que la manera en que estos indígenas utilizaban estas flautas coincide plenamente con los bailes chinos actuales.
En el mundo indígena, la música no es algo que se desarrollara por sí solo, estaba directamente ligada a la danza. Y, en el caso presente, las antaras diaguitas se utilizaban en una danza realizada de una manera especial y con un fin específico: lograr que los danzantes entraran en trance y pudieran comunicarse con las huacas (lugares u objetos sagrados). Estas danzas se realizaban en dos filas que avanzaban en paralelo, soplando fuertemente sus flautas de forma alternada, mientras danzaban dando un salto y cayendo violentamente sobre un pie. La repetición incansable de estos pasos combinada con el hecho de soplar y el sonido estridente producido llevaban al ejecutante a entrar en trance.
Resulta manifiesto que esa danza indígena tiene su paralelo hoy en los bailes chinos de las regiones de Coquimbo y Valparaíso, donde más se practican todavía, tanto en el instrumento utilizado, su sonido y los pasos de la danza. Y, por si alguien quisiera preguntarlo, sí, aquellos que participan en dichos grupos aseguran que en ocasiones entran en ese trance.
Ahora, ¿cómo es que pasó de ser una danza indígena a una forma de culto de la iglesia católica?
Para responder a esto hay que ir muy atrás en el tiempo, a aquellos años de la Colonia en que la iglesia se empeñaba en borrar todo vestigio de las prácticas religiosas indígenas, consideradas idólatras, y de estas danzas, que eran a su juicio una manifestación de posesión demoníaca. Para ello se castigó con gran severidad a los danzantes, dándoles tratos humillantes, vejaciones y golpes, y persiguiendo a sus líderes por considerar que propagaban prácticas idólatras.
No obstante, ni siquiera con tales medidas pudieron lograr que los aborígenes dejaran de danzar y tocar sus flautas en las fechas que solían hacerlo, de manera que se optó por permitírsele que lo hicieran, siempre y cuando fuese en frente de una imagen religiosa católica, como un santo o la Virgen.
Y ése fue el origen de los bailes chinos, que darían paso después a los bailes religiosos chilenos en general.
Se tiene como el más antiguo registro de la práctica de estos bailes los realizados en el Santuario de Andacollo, el año 1548, impulsados por los mineros de la zona. Ellos habrían sido los herederos y continuadores de esta práctica indígena, una vez que aquellos nativos y sus costumbres hubieron sido asimilados completamente por la población de la región. Desde allí fue extendiéndose, incluso más allá de Los Andes, a aquellos lugares donde los factores étnicos y culturales favorecían su desarrollo.
En Santiago, la capital, se abolieron los bailes indígenas en las procesiones religiosas en el año 1797, ya que se estimó que perturbaban el debido recogimiento que en ellas debía prevalecer. Pero eso no se aplicó para las zonas rurales y las provincias, de manera que en algunas de ellas continuaron practicándose en mayor o menor medida.
Con el paso de los territorios al norte de Atacama al pleno dominio chileno, se quisieron erradicar los bailes indígenas locales, tales como las cullacas, los chunchos, los llameros (de raíz andina), los morenos y los diablos sueltos (de raíz andino-colonial), por considerarse que representaban las tradiciones bolivianas y peruanas. Para esto, se introdujo y dio énfasis a los bailes chinos, procedentes de Coquimbo, dándoles las autoridades el honor de ser quienes saquen a la Virgen en procesión, poniéndolos de esta manera por encima de los anteriores.
Perseguidos por las ligas patrióticas por su supuesto origen, los restantes bailes debieron buscar formas de cambiar su aspecto para poder seguir participando, originándose así los gitanos y –por influencia de la llegada del cine – los pieles rojas, dakotas, sioux, cheyennes, apaches, etc. Con el paso de los años, y superada esa animadversión hacia los países vecinos, los bailes de allende Los Andes, tales como caporales, tinkus, tobas, pujillay o sambos caporales, se han ido haciendo un lugar que difícilmente volverán a perder, dado lo vistoso de sus trajes y presentaciones.
Para terminar, la duda no resuelta hasta ahora: ¿por qué se les llama “bailes chinos”?
Bueno, no tiene nada que ver, como podría pensarse, con la República de China. En sus comienzos y durante la Colonia, se les llamaba “bailes de indios”, “cofradías de naturales” o “danzas de la bandera”. Por otra parte, se usaba el término de origen quechua “chino” para designar a los peones o sirvientes, pasando con el tiempo a convertirse esta palabra en un epíteto despectivo e insultante. Posteriormente, y en las primeras décadas de los 1800, las cofradías de danzantes decidieron utilizar este adjetivo para llamarse a sí mismos, asumiendo –humildemente- que son los servidores, los “chinos” de la Virgen. Ya a partir de 1850 aparecen registrados con este nombre en los libros de actas de las cofradías y otros documentos, oficializándose así el nombre.








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