De las Monjas Clarisas
Aquello que es hermoso, se resalta.
Todos conocemos la cerámica tradicional de nuestro país, o la hemos visto alguna vez, o nos lo han contado, por último, alguna imagen habremos visto en nuestra vida. Pero hay una muestra de este arte que alcanzó fama más allá de nuestras fronteras, llegando a cotizarse incluso en Europa. Se trata de la cerámica policromada y perfumada de las Monjas Clarisas.
Elaborada en base a una receta secreta –ya perdida- la cerámica de Las Clarisas tuvo gran fama en su época -entre los años 1600 y 1900- y no sólo ha perdido sino que ha aumentado su valor.
Según relatara una de las religiosas, Sor Beatriz del Divino Corazón, en 1945, al Museo Histórico Nacional, el origen de esta cerámica es España, aunque provenía de las mujeres moras y la habrían conocido y aprendido las damas españolas durante los casi 800 años de la ocupación del Al-andalus. Algunas de las damas que conocían el trabajo con esta cerámica habrían llegado a Chile y, posteriormente, al convento de las Clarisas como religiosas. Así, entre otras manualidades que hacían las religiosas, se inició la producción de esta cerámica en nuestro país. Ellas fueron las únicas que conservaron la receta. Sin embargo, con el curso de los años, las monjas se distanciaron de la estética hispano-morisca en sus trabajos, dándoles un aspecto más acorde a lo nacional, haciendo piezas totalmente nuevas y propias de ellas y creando un estilo propio.
¿Qué es lo que hacía a esta cerámica especial? Se destacaba no sólo porque era fina, delicada y coloreada, sino que además era perfumada. La cerámica tenía un aroma que se sentía y perduraba en el tiempo y que, según se relata, se transmitía a las bebidas (mate, té, etc.) que se consumían en ellas. Esta característica es lo que hacía a sus piezas únicas y diferentes a las demás.
Se relata que el famoso ministro Diego Portales habría solicitado a uno de sus amigos le consiguiera “dos matecitos dorados de las monjas, de esos olorositos que dan un sabor especial al mate”.
La mayoría de las piezas son pequeñas, miniaturas de entre 1 y 7 cm que representan jarros, mates, teteras, braseros, juegos de té, tazas, floreros y figuras de animales. Pero también había piezas de mayor tamaño y utilitarias, en especial mates, sahumadores en forma de paloma, teteras en forma de pichel, etc. Las piezas mayores eran profusamente coloreadas y adornadas, e incluso llevaban figuras de flores, mariposas o palomas sujetas con alambre. En sus comienzos, algunas piezas podían llevar incluso pintura de oro.
Resulta importante destacar que las monjas, que vendían otros productos para su manutención, no lo hacían con esta cerámica. Las piezas eran obsequiadas como muestra de agradecimiento a aquellas personas o familias que ayudaban al convento, una vez al año, en la fiesta de Santa Clara. No obstante, una vez que su cerámica se hizo conocida, familias adineradas que no aportaban al convento se las arreglaron para adquirirlas y presumir de ellas. Muchas piezas fueron enviadas a Europa, ya que su delicada confección y su notorio y agradable aroma las convertían en apreciados regalos.
Fueron casi dos siglos que las monjas mantuvieron esta tradición, desde 1604 hasta la muerte de la última religiosa que conocía la receta, Sor María del Carmen de la Encarnación Jofré, quien falleciera en 1898, a los 57 años de edad.
Un estudio científico realizado en 1975 por Vanya Roa Heresmann permitió descubrir la fórmula química y la calidad de la arcilla utilizada por las monjas clarisas, lo que permitió a éstas recuperarla y volver a producir sus piezas, aunque no ya las miniaturas, sino piezas más grandes.
Se sabe que hubo una mujer que servía en el convento, Antonina de Calderón, que conservó la receta y continuó haciendo la cerámica de forma particular. Ella habría formado con otras mujeres una especie de escuela donde aprendieron a trabajar esta cerámica. Heredera de esta escuela y de la receta fue Sara Gutiérrez, quien fue una prolífica artífice que creó muchas piezas, pero absteniéndose de perfumarlas, porque la técnica que usaban las monjas para eso causaba serios daños a la vista de quienes la utilizaban.
Hoy en día hay artesanas de Talagante que trabajan la cerámica de manera similar, siendo herederas de otra mujer que habría recibido la receta y aprendido a modelar de unas reclusas del convento, doña María del Rosario Toro (fallecida en 1893). Pero, debido a que varias de ellas habrían perdido la vista por usar la técnica, hace décadas que ya no perfuman la cerámica.









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