(La gente de la neblina)
Saludos tengan, estimadas y estimados amigos.
No somos Camanchacos y, aunque nos gusta el pescado, no nos autopercibimos como tales, como nos aconseja más de alguno.
Ahora ¿Por qué nos debiese interesar este tema?
Es parte de la historia remota (arqueológica para algunos) y forma parte de la identidad nortina, aquello que denominamos, Patrimonio.
Han de saber, que siempre hemos procurado (como Caminantes del Desierto) simplificar aquellos temas y estudios que guardan relación con nuestro territorio, estudios que por su naturaleza, pueden resultar complejos o muy técnicos (especialmente por aquellos que los realizan).
Esto no debiese -como algunos pensarían- quitarles su esencia o su espíritu científico, sino acercarlos a la comunidad y, muy especialmente, a los interesados.
No podemos hablar de protección y reconocimiento cuando gran parte de la población no sabe, no entiende, no conoce o simplemente, no le interesa.
La Balsa de los Camanchacos.
La historia dice que, en el año 1890, el periodista William Howard Russell hizo la siguiente indicación: “El carguío de salitre se hace por medio de balsas de pellejos de lobos marinos que lo conducen hasta las lanchas i estas a los buques. Estas operaciones son peligrosas. Durante nuestra estadía en el puerto se ahogaron dos individuos estrellados con sus balsas contra las rocas”.
Pues bien. La balsa de cuero de lobo, embarcación propia de los indígenas de nuestras costas, hoy agrupados bajo la denominación de “Changos”, es bien conocida desde los tiempos del “descubrimiento” de las costas del Pacífico por los europeos.
Tampoco son desconocidas para nosotros, pues es una de las pocas cosas que se nos ha enseñado en la escuela, sobre los indígenas del norte del país, el que usaban estas balsas. No obstante, hay muchas cosas -sobre ellas- que ignoramos, porque nadie nos la ha dicho.
Pero empecemos por el principio, por la propia balsa, lo que sabemos de ella, de su forma y su construcción.
Se conocen vestigios arqueológicos de las balsas de cuero de lobo datados ya en el 200 d.C. -hace unos 1.800 años atrás- como también existen representaciones de ellas en pictoglifos desde el 500 d.C.
Su estructura básica son dos flotadores hechos de cuero de lobo inflados con aire, unidos entre sí por piezas de madera y cuerdas de cuero del mismo animal. No obstante, si nos remitimos a las diversas representaciones que de ellas se han hecho a lo largo de los años, por quienes las observaron, se pueden notar algunas diferencias entre aquellas originales, propias de los indígenas y aquellas que se construyeron después, especialmente en la época del auge salitrero, para ser utilizadas en la carga y descarga de las naves.
Las balsas indígenas se hacían con dos cueros de lobo por cada flotador. Estos cueros se obtenían cortándolos a la altura de las aletas del animal y desollándolo sin cortarlo, de manera que quedaba como una especie de tubo. Se cosían ambos cueros por su parte más ancha, utilizando para ellos espinas de cactus y cuerdas de cuero, en tanto se cerraban con amarras en los extremos más angostos. Aprovechando el orificio del ombligo del lobo se instalaba la válvula para inflarlo, que consistía en un hueso hueco de ala de pelícano, a la que se le añadía una larga tripa de lobo –que servía como manguera-, la que luego de inflar la balsa se enrollaba en la válvula para evitar que se desinflara. Al armar la balsa, la parte del lomo del lobo debía quedar hacia abajo –en contacto con el agua- en tanto la parte del abdomen quedaba hacia arriba. Los extremos de la balsa quedaban curvados hacia arriba, facilitando la navegación y el remonte de las olas. Ambos flotadores de la balsa se unían, según podemos ver en las ilustraciones, con varias varas de madera y amarras de cuero de lobo, sobre las que se extendía un cuero. El navegante se instalaba sobre este cuero, de rodillas (o sentado, según algunas imágenes) para remar con un remo de doble pala.
Posteriormente, cuando las balsas comenzaron a usarse para el carguío de sacos de guano o de salitre en los barcos, las balsas que se ven en ilustraciones y fotografías muestran diferencias, asemejándose más a las formas tradicionales de esas embarcaciones. Por ejemplo, podemos ver que la forma curvada de los flotadores se va perdiendo paulatinamente, haciéndose más horizontal. La válvula de inflado se instala en el extremo delantero de cada flotador y se arma una plataforma de madera para el o los usuarios. Se hacen también más grandes, ya que su objetivo deja de ser la pesca para pasar a ser el transporte de sacos de gran peso.
Porque ésa es la parte que desconocemos de su historia, el que estas balsas vinieron a salvar una gran necesidad de quienes necesitaban embarcar sus productos, en tiempos en que no había muelles y la carga debía transportarse a y desde la playa. Las lanchas de madera tenían problemas para sortear el oleaje y alejarse desde la orilla con el peso de la carga sin volcarse, en tanto las balsas de cuero de lobo podían hacerlo con mayor facilidad. Así, los sacos se cargaban en las balsas, éstas superaban la zona del oleaje y entregaban la carga a las lanchas, que luego la llevaban hasta los barcos, que las esperaban a mayor distancia, donde su mayor calado se los permitía. Por cierto que no era una tarea fácil ni exenta de riesgos, como bien nos lo dice Russell en su libro “A visit to Chile and the nitrate fields of Tarapaca”, que hemos citado al comienzo de esta publicación.
Estas balsas no sólo se utilizaron para el carguío de guano, sino también para el salitre y el cobre. Se cargaban 5 sacos por balsa, llegando a transportarse unas dos mil toneladas diarias por este medio.
Pasada esa época y ya sin esa necesidad, las balsas de cuero fueron desapare-ciendo paulatinamente. Según algunos testimonios registrados, en Arica dejaron de usarse en la década del 30, en tanto el último hombre conocido que sabía hacerlas, el “chango” Roberto Álvarez, de Chañaral de Aceituno, ya había dejado el oficio para 1965, cuando construyó –a pedido del arqueólogo Hans Niemeyer y tras bastante insistencia- una de ellas para el Museo Arqueológico de La Serena. Esa balsa está actualmente en exhibición en el museo.
Ahora, según se puede ver al comparar esa balsa con las más antiguas versiones, tiene diferencias que, suponemos, tienen su origen en el ya mencionado cambio de uso de estas embarcaciones. Es un hecho conocido que tanto en Chañaral de Aceituno como en otros puertos y caletas del litoral (Pisagua, por ejemplo) se utilizaron por mucho tiempo las balsas de cuero de lobo para las labores de carguío, por lo que es muy razonable suponer que quienes las construían las hayan adaptado a este uso.
Considerando que hacer una -hoy- requeriría de la muerte de 4 lobos marinos, difícilmente volveremos a ver una en nuestras costas o en parte alguna. Si bien en Arica fabricaron una réplica de fibra de vidrio para un proyecto cultural, hace un par de años, estaba basada en el modelo de Álvarez más que en el modelo que muestran las antiguas ilustraciones.
Como corolario.
Cuando vemos las imágenes de los antiguos habitantes del territorio, hablamos de los indígenas, aquello que es nativo del país o del territorio, siempre se muestra a la gente vestida de manera muy rústica, mientras que, al verificar los grabados de los camanchacos en su época (porque son grabados), no vemos a un indígena propiamente tal, es decir, hay una occidentalización en su forma de vestir. Podemos inferir que hubo una rápida asimilación de las nuevas culturas -predominantes- muy probablemente por influencia religiosa pero, siguen siendo indígenas, de acuerdo a la visión del señor Bichólogo Don Rodrigo Castillo del Castillo y Castillo Tapia.
De igual manera, no usamos el Término Chango, ya que, este nombre fue impuesto por occidentales y tenemos muy claro su significado. En su defecto, usamos el término Camanchaco «Gente de la neblina» témino que suena mucho mejor (en su significado) y describe literalmente a las poblaciones indígenas costeras.
Ahora bien ¿Quiénes somos nosotros para sacar conclusiones tan apresuradas y sin usar palabras hermosas, decimonónicamente hablando?
Los dueños de la pelota (en este caso, de la página).









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