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El Mala Leche

 “Éste es mala leche”, es una expresión que antiguamente se oía, para describir a una persona malintencionada, o también para designar a cierto individuo como de mal carácter.

Y uno se podría preguntar de dónde viene semejante expresión, considerando que (excepto en estos días) la leche siempre se consideró algo bueno y beneficioso.

Pues bien. Buscando la respuesta nos encontramos con que la frase tiene orígenes seculares y sus raíces son muy antiguas.

Hace centurias, por allá por los siglos XVII al XIX, las familias de cierta alcurnia consideraban que era una tarea poco noble el amamantar a los hijos, por lo que, puesto que no existían “fórmulas” ni leche en polvo, recurrían a las “amas de leche”, mujeres que formaban parte del servicio doméstico y que tomaban a su cargo el alimentar con su propia leche a los hijos de quien las contrataba. Existían tanto las “amas de cría”, que sólo criaban a los niños, como las “amas de leche”, que debían además amamantarlos.

Había amas de leche que iban a domicilio (sólo las que vivían cerca), otras que criaban en su propia casa (les dejaban a la guagua) y –cómo no- las que atendían a familias con mayores recursos y debían trabajar “cama adentro”, en el domicilio de los patrones. Éstas, obviamente, tenían un trabajo más pesado, ya que no sólo debían amamantar sino atender todo lo relacionado con el niño. Estas amas no necesariamente recibían una remuneración, ya que muchas veces eran parte de la servidumbre de una casa. En Sudamérica, la gran mayoría de las amas de leche eran mujeres del pueblo, de procedencia indígena o, en aquellos que tuvieron mayor número de esclavos africanos, negras.

Lo turbio de este sistema, que poco se menciona, es que para que una mujer pueda producir leche necesita haber tenido un hijo. ¿Qué pasaba entonces con el hijo de una ama de cría “puertas adentro”?

Si bien algunas madres perdían a sus hijos neonatos o lactantes (la salud pública no existía prácticamente) no eran tantas como para atender a la demanda existente en ese entonces, en que la práctica de usar nodrizas era lo habitual. Una de las formas era dejar el hijo de la ama de leche con otra mujer que cumpliera con esa función, generalmente compartiendo la alimentación con la guagua propia. Y otra forma, que duele admitir que pueda haber existido, pero existió, era simplemente prescindir del hijo de la ama de leche.

Era tan común esto de amamantar los hijos con “amas de leche”, que en 1609 el rey Felipe III dictó una ley “por la que ninguna mujer indígena podía salir de su pueblo para criar hijos de españoles”, salvo que sus hijos hubiesen muerto (lo que ya deja un mal antecedente).

La razón de esta ley es que había pueblos que se quedaban sin mujeres, por estar -éstas- sirviendo en las ciudades. Obvio que en estos lugares tan lejanos no se le daba mucha importancia a esa ley.

¿Y qué tiene esto que ver con “ser mala leche”?

Bueno, existía desde los tiempos de Aristóteles (Siglo I) la idea de que con la leche pasaban a la guagua no sólo los nutrientes necesarios, sino también otras cosas. Lo mismo pensaba –por esa misma época- San Agustín, que recomendaba a los cristianos que no utilizaran nodrizas paganas para amamantar a sus hijos, por la mala influencia que podían recibir. Tales ideas no sólo permanecieron en las sociedades posteriores, sino que hasta aumentaron, de manera que para el siglo XVIII se creía que la leche materna era transmisora de múltiples defectos y conductas, tales como la mentira, el robo, la embriaguez o la lujuria.

Es decir, se les entregaban los hijos a mujeres ajenas a la familia para que los alimentaran, para luego culparlas a ellas de cualquier vicio o defecto que esos hijos tuvieran en su juventud o adultez porque, ¿a quién se le ocurre pensar que tales taras pudieran ser responsabilidad de los padres?

No señor, de ninguna manera, indudablemente eran por causa de “la mala leche” de la mujer de baja condición social que los había amamantado…

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