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Las Bioincrustaciones

Biofouling para los entendidos

Y tan inofensivas que se ven

Aunque nos parezca una noticia del pasado, aquellos que no saben sobre el tema, piensan que dichos mariscos, los que se encuentran adosados (incrustados) a los navíos, son aptos para el consumo.

Nos comenta el señor Bichólogo, Don Rodrigo Castillo del Castillo y Castillo Tapia.

Nos llamó la atención esta noticia de inicios del siglo pasado, referente a una muerte ocurrida en nuestra ciudad por intoxicación alimentaria, la que se habría debido a mariscos recolectados de la quilla de un barco “forrado de cobre”. Como ahí mismo se dice, este no sería un caso aislado ni extraordinario, sino que se sabía de más de ellos, incluyendo uno de Iquique en que habría fallecido toda una familia.

¿Qué hacía a estos mariscos tan peligrosos? Y ¿lo son todavía? Estas son preguntas que se nos vinieron de inmediato a la mente. Y, ya a la primera búsqueda, sabemos que no lo son tanto como entonces fueron, pero aun así no deben consumirse por el alto riesgo de intoxicación.

Pero vamos a la realidad de esa época. Es comprensible que gente de escasos recursos, como ha de haber sido un lanchero del ferrocarril, al encontrarse frente a numerosos mariscos adosados al costado de un barco y expuestos a la vista después de haber sido éste descargado, se haya sentido motivado a sacarlos y llevarlos para su consumo. Estaban ahí y no se requería de gran esfuerzo para obtenerlos.

Pero, ¿qué los hacía peligrosos? Bueno, ciertas especies de mariscos crecían en la quilla y costados de los barcos desde que éstos se inventaron, causando daño al incrustarse en la madera de la que estaban construidos. Al reemplazarse la madera por el metal, a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, para esos animales marinos no hubo gran diferencia, se adhirieron igual. Cuando aumentaba mucho su número causaban una pérdida de velocidad y un aumento del gasto de combustible. En los veleros hacían lo mismo, pero el viento era gratis, y el combustible no lo es, de manera que se buscaron estrategias para evitar que esto sucediera.

Y, como ya sabemos, la primera estrategia que el Homo sapiens utiliza es matar, por lo que se pintaron los barcos con pinturas extremadamente venenosas, que contenían arsénico, azufre y mercurio. Pero ¿Qué creen? Los mariscos y algas las resistieron. Entonces se comenzaron a recubrir las quillas con cobre (cosa que ya hacían con los veleros de madera), lo que les dio ese tradicional color rojo (que aún hoy día conservan los barcos). El óxido de cobre es también altamente tóxico, pero los mariscos, aunque en menor número, siguieron ahí.

Y así es como esos mariscos, que absorben y conservan los metales en su organismo, resultaban, en la primera mitad del siglo XX, altamente peligrosos para la salud humana y, en la práctica y dada la medicina de entonces, absolutamente mortales. Absorbían del metal en que estaban altas concentraciones de mercurio, arsénico, óxido de cobre y plomo (también utilizado como antiadherente), los que al consumirse causaban una serie de problemas digestivos y neurológicos que llevaban a la muerte.

A esto podríamos añadir que alrededor de los barcos se generaba (y se genera hoy) no poca contaminación, tanto industrial por los aceites y combustibles vertidos al agua, como biológica, por la descarga de aguas servidas. Todo eso era también filtrado por los mariscos y retenido en su interior, haciendo aún más peligroso su consumo.

Para la época de esta noticia, aunque la ciencia aun no comprendía bien el origen de estas intoxicaciones, se entendía claramente que estaban relacionadas con el cobre de los barcos. Por ejemplo, ya en 1873 el Imperio Otomano había prohibido por ley la extracción de mejillones desde los cascos de los barcos y desde el interior de los puertos, porque se sabía que resultaban tóxicos.


Los genios del siglo XX, por allá por 1960, Inventaron el TBT (Tributilestaño) para recubrir las quillas, producto que dio muy buenos resultados contra mariscos y algas, pero que a la vez era más venenoso y contaminante que todos los otros productos juntos, afectando a la vida en todo lugar por donde pasara el barco, de modo que para el año 2000 fue prohibido y dejó de usarse.

Qué se usa ahora? Óxido de cobre -sí, de nuevo el cobre- y otras técnicas vanguardistas, como la emisión de ondas de ultrasonido, productos de silicona -que les impiden a los mariscos adherirse- y, desde hace sólo unos pocos años, un hidrogel que –replicando el funcionamiento de la piel de la vida marina- crea una capa de agua de mar sobre la superficie del casco, impidiendo así que las bioincrustaciones (como se les llama técnicamente a estas especies marinas) puedan adherirse.

A pesar de todo lo que se ha hecho -y lo que se pueda estar haciendo-, la conclusión es la misma: los mariscos que crecen sobre las quillas de los barcos o al interior de los puertos, siguen siendo peligrosos y no deben consumirse.

Respecto a este tema de las bioincrustaciones, también puede mencionarse otro problema que se deriva de él: la transferencia de especies marinas de un continente a otro, con el consiguiente impacto en el medioambiente. Los antofagastinos tenemos un caso muy claro de esto, ya que en nuestras costas crece un Piure que no hay en el resto de Chile, ya que es originario de Australia y llegó precisamente así, hace mucho tiempo, en el casco de un barco.

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